Un viaje juntos (I)
Estoy en la silla de ruedas, fuera, de noche, meditando igual que hacía cuando era pequeño, sin ninguna maldita pantalla que me moleste. Hace un poco de frío. Observo la inmensidad del espacio, es auténticamente precioso y cautivador. Hay innumerables estrellas mucho más allá de la Tierra. De repente, pienso que estaría encantado de poder explorar el Universo con mi amiga Gina, que tenía parálisis cerebral por la misma causa que yo. Mientras miro fascinado el cielo estrellado, de una vuelta una sensación de crueldad extrema empieza a recorrerme las entrañas. Cada momento que pasa lo hace con más intensidad y me da miedo. Pienso de dónde vendrá este malestar tan bestial que experimento. De repente, me doy cuenta de que viene de mucha gente que sufre por la presión social y tiene diversidad. Justo en ese mismo momento oigo la voz de Gina que me dice: «Quiero volver a estar contigo como antes. Nuestro amor será invencible, pero tendrá un precio caro». Se me hace evidente que esta sensación que he notado hace unos segundos es el mal puro. Justo anteayer leí un estudio de un periódico en el que habían participado 141 personas y en el que un 37,4% decían que pactarían con el mal dependiendo de su condición física; un 5,8%, que pactarían con el mal sin ninguna duda, y finalmente, un 54%, que no pactarían con el mal puro por nada del mundo. Contemplo los datos que salen de este estudio: ganan los que no pactarían con la maldad. Siento que el mal crece constantemente, me transforma físicamente y me eleva hacia el espacio exterior a gran velocidad. Entre las personas singulares hay una percepción generalizada de incomprensión por parte del conjunto de la sociedad. Esto nos crea envidia, rabia, enfado y, sobre todo, mucha frustración. Pienso que quizás estas emociones potentes que sentimos las personas con diversidad funcional son las que me están empujando hacia arriba. Es lógico que sea así en mi contexto. Poco a poco, puedo moverme mejor y desaparecen los espasmos que normalmente tengo. Por otro lado, empiezo a notar una presencia muy familiar. Hacía tiempo que no sentía esta presencia tan agradable. Poco a poco, se formaliza en un cuerpo de chica sin ninguna dificultad física para moverse, con los ojos azules como Gina, y paralelamente veo cómo se acerca una nave espacial supermoderna y tecnológica. Nunca había visto un artilugio tan bien equipado y bien construido como este. Todo resulta muy extraño, parece un sueño, pero no sueño prácticamente nunca y, además, es muy real para ser un simple sueño. Tanto la chica como yo nos acercamos al artefacto, que parece venir de una época más moderna. Estamos fascinados observando lo que parece venir de otra dimensión cósmica. Mientras investigamos qué es, se abre una puerta medianamente grande ante nosotros como por arte de magia. Es realmente misterioso, no habíamos tocado nada, y los dos decidimos entrar cogidos de la mano como si nos conociéramos de toda la vida. Al cabo de unos segundos, oímos una voz producida con inteligencia artificial que nos dice: «Bienvenidos, Gina y Julià, a bordo de la nave espacial más moderna de todos los tiempos». (continuará)